CIMBRA· Revista del Colegio de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas e Ingenieros Civiles · agosto-diciembre de 2016 - page 27

agosto-diciembre 2016 /
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Cimbra
procuraré yo que sea menos de lo
que se ha firmado hoy, va a repartir
entre sus trabajadores. Que no me
haga reír. Si tanto le preocupaba su
personal, ¿por qué no ha inverti-
do más, modernizando las obsoletas
instalaciones de su ridícula y anti-
cuada fábrica? Yo se lo diré, porque
eso mermaría considerablemente sus
dividendos. Sin embargo, yo no doy
dividendos. Mis empresas no repar-
ten dividendos. Todos los beneficios
de mi grupo se reinvierten, bien pa-
ra aumentar el fondo de provisio-
nes de contingencias, en“i mas d”, o
en amortizaciones anticipadas. Bien
aprendido tienen mis colaboradores,
cómo me gusta a mí amortizar los
bienes de producción. Toda la inver-
sión de la nueva fábrica de galletas
Reglero de Zamora, la amorticé en
tres ejercicios, en contra de la opi-
nión de todos mis economistas. No
sé para qué tengo tanto economista
en la empresa. Siempre están con las
putas tendencias de los mercados,
y luego, una vez errados, no dudan
en subirse al carro de las justificacio-
nes mediante sesudos análisis finan-
cieros. Todo lo pasado lo justifican
a la perfección. Muchas veces me
pregunto dónde cojones han deja-
do el olfato. Ese olfato innato que
tenemos los líderes como yo. Que
me permite tomar decisiones com-
prometidas en décimas de segun-
do. Que me saca de situaciones muy
complicadas de las que ellos estarían
meses para resolver analizando las
tendencias, para al final no poder
tomar decisión alguna porque ese
mismo mercado, al que tanto tiem-
po han dedicado, se los ha llevado
por delante. ¡Anticipación cojones!
Esa es la clave. Los problemas hay
que verlos venir. No esperar a que
se presenten para luego justificar su
origen. A mí qué coño me importa el
origen. Lo que acaso me podría im-
portar sería la propia existencia del
problema y no haberlo podido evi-
tar. Esa es la cuestión. Como mucho
acepto estudiar el origen cuando,
una vez estallado el problema, éste
ya se ha resuelto. Lo primordial es
resolver y luego, analizar las cau-
sas. Principalmente para no volver a
caer en el mismo error. Pero nunca al
contrario. En cierta ocasión alguien
me dijo que no se puede resolver
un problema sin conocer el origen
del mismo. Recuerdo que todavía no
nos habíamos expandido por todo el
mundo, y el aludido era el responsa-
ble de la zona de Galicia. Lo primero
que hice fue despedirlo. Yo no quiero
a mi lado ejecutivos con esa menta-
lidad derrotista. Luego me enteré de
que ni una sola vez había visitado la
fábrica en los cinco años que llevaba
en la organización.
Veo salir al notario de la casa de
Don Gervasio con un abultado car-
tapacio bajo el brazo derecho. Me
hace un gran saludo sin abrir la bo-
ca. Espero que no pierda ninguno
de mis papeles. En breve los voy a
necesitar. Para cuando decida cerrar
la fábrica que acabo de comprar, y
despedir a todos sus empleados, con
la menor indemnización posible.
Vuelvo a mirar al cielo y sigue sin
aparecer una sola nube. Estamos a
primeros de diciembre y tenemos un
tiempo estupendo, fenomenal, ojalá
dure mucho así. No me gusta la lluvia.
Y si no llueve, que se joda el campo.
En la calle hay demasiada gente.
Si alejas la mirada en cualquier di-
rección de la calle, se ve tanto per-
sonal que hace imposible ver el color
de las baldosas del pavimento. Tengo
la sensación de que se me va a aca-
bar el oxígeno. Me molesta tener que
compartir algo tan esencial como el
aire que respiramos. ¿Se dan cuenta
de que ese aire necesario para vi-
vir ha pasado ya a través de varios
pulmones? A saber la cantidad de
bacterias y otras partículas patóge-
nas provenientes de tantos y tantos
pulmones ajenos nos tenemos que
tragar. Las mareas humanas me ter-
minan agobiando. Intuyo que son
cantidades ingentes de personas que
forman una masa informe que se
adapta a las sinuosidades del cami-
no. Camino que, por otro lado, nadie
sabe nunca hacia dónde se dirige.
Me abstraigo y contemplo una
masa de ñus barbudos, corniabier-
tos y famélicos, galopando aloca-
damente hacia un destino desco-
nocido para la mayoría. Únicamen-
te uno sabe adónde van. Ese que
cuando llegan a un vado se retrae,
y deja pasar a otro inocente indivi-
duo, para que caiga en las terribles
fauces de su enemigo natural, que
pacientemente les lleva esperando
bajo el agua a lo largo de toda su
existencia. ¿No será que ese astu-
to líder, guiador de manadas, está
subvencionado por los enemigos
naturales de su especie, en este caso
cocodrilos? O por el contrario, ¿será
consciente de que tiene que sacri-
ficar cierto número de individuos
a modo de peaje? En caso de ser
así, ¿qué criterios utiliza ese líder,
referente de su especie, para selec-
cionar a los infortunados que han
de perecer en beneficio del resto
de la manada? El asunto me atrae y
considero que merece una reflexión
más profunda. Pero, habrá de ser en
otro momento porque me percato
de que un perro me está observan-
do amenazadora e insistentemente.
No conozco ni sus intenciones, que
de momento no parecen amigables,
ni su procedencia. No observo que
tenga collar alguno.
Creo que me voy a ir a tomar una
manzanilla a La Barbiana, que es-
tá en la plaza del Cabildo, junto al
Ayuntamiento.
Me bajo de mi armatoste y ob-
servo la cara de estupor de una niña
que se había creído que estaba sen-
tado en el aire de verdad, levitando.
Me despojo de la túnica que cubre
todo el artilugio.
Le doy una patada en los cojones
al perro, que se disponía a mear en
mi platillo, con mis monedas. ¿Será
cabrón el puto perro?
Recojo las monedas y, tras un rá-
pido cálculo, considero que me dará
para añadir unos langostinos a la
manzanilla.
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